Apóstoles de la Oración: el entrenamiento del que nadie habla

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Hace unos meses viví algo curioso. Estaba en un estudio grabando un CD. Antes de empezar, alguien dijo lo obvio: calentamiento. Sonidos repetitivos, escalas simples, ejercicios casi aburridos. Durante unos minutos pensé: ¿esto para qué sirve? Pero al poco rato pasó algo inesperado. La voz empezó a soltarse. Notas que no escuchaba salir de mí desde hacía años aparecieron con naturalidad. Me sorprendí: ¿todavía puedo cantar esto?

Aquello me hizo pensar en una vieja cuestión de la teología: la relación entre naturaleza y gracia. Durante siglos hemos discutido esto intensamente – desde San Agustín, jesuitas y dominicos, hasta… hoy-. La fe es un don de Dios, claro. Pero entonces, ¿qué nos toca a nosotros? ¿Creer es sentir o hacer? ¿Deseo u obediencia?

Tal vez la imagen del calentamiento ayude. Entre la nota que quiero cantar y el esfuerzo casi heroico por alcanzarla, el calentamiento hace otra cosa: trabaja la naturaleza. La vuelve elástica; capaz. Con la oración pasa algo parecido. No es solo sentir algo bonito ni cumplir un deber religioso. Es calentar el corazón. Sin ese calentamiento, me enfrío. O me vuelvo un idealista agotador, o un desconfiado frío.

El 3 de diciembre de 1844, en una casa de formación jesuita en Francia, el P. Gautrelet propuso algo revolucionario a jóvenes impacientes por ir a misiones: ser misioneros aquí y ahora, ofreciendo en oración a Dios la vida cotidiana. Estudiar, trabajar, sentir, luchar… todo podía partir de la oración. Era el calentamiento para una misión mayor.

Así nació el Apostolado de la Oración, hoy la Red Mundial de Oración del Papa. Personas de unos 90 países empiezan cada día ofreciendo su vida y pidiendo a Jesús un corazón parecido al suyo.

¿Quieres probar?

Da un paso atrás.

Entra en tu cuarto.

Cierra la puerta.

Y empieza por el calentamiento.

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