Hay casualidades que tienen tanto significado que nos obligan a pensar en su conexión causal. Este fin de semana hemos asistido a una ola de violencia de una magnitud espeluznante en toda Francia y en algunas ciudades del norte de Italia que no puede pasar desapercibida ante nuestros ojos, sobre todo porque no tardará en llegar a nuestras calles.
Muchos pueden decir que no hay ninguna diferencia entre estos enfrentamientos callejeros y el inicio de una guerra civil entre bandos que quieren alcanzar el poder. Otros exigirán una interpretación más empática y llamarán la atención sobre las motivaciones que han impulsado estas movilizaciones: el coste de la vida, la falta de oportunidades, la crisis de la vivienda… Estoy firmemente convencido de que ninguna de estas lecturas alcanza el fondo del problema.
Siempre se ha dicho que una imagen habla más que mil palabras. De entre todo lo que he visto en estas últimas horas, hay un vídeo que me ha llamado profundamente la atención: un dependiente de una tienda de manga en París se afana por defender su negocio, que está siendo saqueado por una multitud de asaltantes que le agreden, insultan y apedrean. Muchos han llamado a esto «barbarie», y no les falta razón. Esta imagen dice mucho de la clase de violencia a la que asistimos, porque no estamos ante un conflicto político en el que un determinado grupo pretenda alcanzar el poder, sino ante la manifestación más fehaciente del fin de una civilización. Europa, y en particular Francia, ha construido su historia en torno a una idea muy precisa: la infinita dignidad de cada ser humano. La base cristiana de este principio es innegable. Sin obviar las aportaciones del mundo grecorromano a esta idea —transmitidas durante la Edad Media gracias a la labor de los monasterios—, la solidez espiritual del mandamiento «ama al prójimo como a ti mismo» es lo que ha permitido una historia que, pese a sus claroscuros, ha defendido a lo largo de los siglos ese principio: el de la dignidad de toda persona.
La quiebra de este principio acontece cuando no hay límites para la agresión, el odio indiscriminado y la destrucción. La filósofa francesa Simone Weil, cuya preciosa obra Echar raíces estoy releyendo «casualmente» en estos días, advirtió hace más de 80 años sobre el principal problema social de nuestro tiempo: el desarraigo. La mayor injusticia, decía ella, era privar de raíces de sentido vital a generaciones y generaciones de obreros, campesinos y jóvenes. Quien desconoce su historia y su patria acaba odiándolas, y he aquí lo que está ocurriendo ahora. Porque, en Europa, ignorar nuestro pasado es ignorar el principio fundamental de todos los derechos humanos: la dignidad de la persona. Este es el principal modo en que se manifiesta nuestro desarraigo. No hay mayor división que la que genera el odio indiscriminado contra el prójimo, y una sociedad dividida no tiene futuro.
En esta encrucijada de la historia, algunos tienen la labor de pacificar inmediatamente las calles —y es una obligación moral del gobernante mantener la paz, como ya advertía san Agustín—, pero no es menos importante la obligación de ahondar en esta profunda crisis y proponer su remedio, que no es otro que renovar en nuestra sociedad —hipertecnificada y mercantilizada— la conciencia de que el único futuro posible se construye recuperando la identidad de quiénes somos. A partir de ahí, podremos afrontar todos los retos y amenazas ante nuestro futuro, pero sin este punto de partida, me temo, que repetiremos constantemente las imágenes de estos días.
