Me encanta esta frase. Es de una amiga mía muy querida, que me conoce muy bien y me da los mejores consejos. Cuando me ve muy agobiada por un asunto por el que ella piensa que no debo preocuparme porque no está en mi mano, me dice: «Almudena, esto no te pertenece».
A pesar de que esta frase a mí me produce mucho alivio, creo que estamos abusando de ella demasiado. Estamos rodeados de personas que se escaquean, que no quieren asumir responsabilidades y se ponen de perfil ante las situaciones que precisan de solución, creyendo que eso “no les pertenece”.
No me estoy refiriendo solamente a asuntos políticos. También en nuestra cotidianeidad (nuestros trabajos, nuestra casa, nuestra familia, nuestros amigos…¡hasta una reunión de vecinos!) vemos auténticos “partidos de voleibol”: tú me pasas la pelota a mí, yo se la paso al otro, el otro a la otra…y así vamos prolongando un juego cuyo resultado no nos importa, porque lo único que importa es que “a mí no me busquen para pedirme responsabilidades”.
Nos falta valentía. O ganas de comprometernos. O determinación. Y sobra inseguridad (no sé cómo hacerlo o qué decir), miedo (no vaya a ser que me complique la vida), pasotismo (esto no va conmigo), remolonería (mañana, si eso, me pongo) o descaro, que hay quien le echa mucha caradura a la vida. Falta gente que se ponga de frente y se haga cargo, aun sabiendo que lo que toca es luchar una batalla y pringarse hasta las cejas.
Es cierto que hay situaciones cuya solución no está en nuestras manos; que las luchamos pero que llega un punto en que ves que ya no depende de ti, «no te pertenece», como diría mi amiga. Pero, al menos, hemos llegado a ese punto de tomar conciencia del asunto y discernir ante la dificultad.
En estos momentos en que escribo estas palabras recuerdo el consejo de Jesús a sus discípulos: «Y cualquiera que no os reciba ni oiga vuestras palabras, al salir de esa casa o de esa ciudad, sacudid el polvo de vuestros pies». Es su manera de decir «eso ya no os pertenece». Pero, claro, antes hay que entrar en la casa o en la ciudad, patearla, sacudir las conciencias y los corazones. Porque si no se entra, difícilmente habrá polvo que sacudir de los pies, y los pies hay que tenerlos muy bien plantados en la tierra.
