En medio del camino hacia la cruz, cuando el cansancio, el dolor y la soledad se apoderan de Jesús, una mujer se acerca. La tradición la llamó Verónica. Sale a su encuentro y enjuga su rostro, manchado de sangre y sudor. Su nombre, combinación del latín vera y del griego icon, significa «imagen verdadera». Pero quizás lo más valioso de Verónica no sea solo la audacia de su gesto, sino que Jesús recibe de ella un instante de alivio cuando todo se le volvía en contra.
A todos nos llegan, tarde o temprano, tiempos de cruz. A veces irrumpen sin avisar: una pérdida inesperada, una situación injusta, un fracaso, una enfermedad o una herida. El camino se vuelve cuesta arriba y lo recorremos a trompicones, dejándonos llevar por el peso de los días y perdiendo de vista cualquier horizonte de esperanza. En esos tramos oscuros tal vez no encontremos una solución, pero sí podemos descubrir quién permanece a nuestro lado.
Reconocer a nuestras verónicas nos ayuda a comprender el modo tan encarnado que tiene Dios de acompañarnos. Son personas que quizá no pueden resolver nuestros problemas ni entender del todo lo que sentimos, pero aparecen con una palabra a tiempo, una escucha o un abrazo. No quitan la cruz, pero alivian su peso. Nos ayudan a recuperar el aliento, levantar la mirada y seguir caminando.
Jesús también tuvo una Verónica en su camino. Y esas presencias nunca se olvidan. Quizás porque, cuando la noche se vuelve más densa, descubrimos que Dios se hace tangible a través de quienes no pasan de largo, se acercan y se quedan.
Por eso, hoy es un buen momento para recordar y agradecer a nuestras verónicas. Y, tal vez, para preguntarnos: ¿puedo ser yo la Verónica de alguien que hoy atraviesa su propio camino de cruz?
