Hace unos días, un grupo de compañeros hablábamos de que hemos pasado de la sociedad de las tiendas pequeñas a la de las grandes superficies. Yo he sido la primera que se quedó deslumbrada cuando pusieron en mi ciudad un macrocentro comercial de no sé cuántas tiendas de primeras marcas, con cines, bares, restaurantes, zona de juegos…Aquello fue como creer que la modernidad había llegado. Sin embargo, donde vivo ahora, me encanta pasear por la calle Santa Cecilia y pasar por delante de la frutería, la pescadería, la papelería, la tienda de las torrijas, la de las golosinas o la de los pequeños electrodomésticos. Y no te digo nada cuando me pierdo entre la gente: ir a la carnicería y escuchar a un anciano octogenario decir que cuando se pone la bata de casa, parece un viejo (que lo parece, dice), todo mientras compra pollo y croquetas, te enseña que los avatares de la vida pueden sobrellevarse con sentido del humor.
Abogo por volver a lo pequeño, contemplar la rutina con nuevos ojos, sumergirte en la cotidianidad de todo con agradecimiento por tanta belleza escondida en cada detalle, cada rincón, cada gesto, cada tarea.
Nos perdemos en las grandezas. Queremos tener cuantos más amigos, mejor; estar en los grandes eventos y figurar en los mejores lugares o puestos. Pero, lo cierto es que el “fogonazo de lo colosal” nos desconecta de una realidad mucho más de verdad, que nos une y nos hace sentirnos parte de algo: de un barrio, de una comunidad, de una hermandad, de una familia.
Entiendo que Dios pensó lo mismo cuando decidió encarnarse en una humilde familia de un pequeño pueblo llamado Nazaret. En su vida diaria descubrió Jesús quién es el Padre y lo contó a través de parábolas sencillas que hablaban de ovejas, semillas, viñedos, lámparas de aceite, levadura, del hijo que despilfarra el dinero de la familia y del comerciante que es atracado en un camino. En sus palabras latía la rutina y lo cotidiano, porque ahí está Dios. En las pequeñas cosas, con las pequeñas gentes. Bendito sea.



