Estos días, mientras escucho las noticias sobre el hantavirus, me descubro con un nudo interior difícil de nombrar. No soy la persona que más conoce sobre lo que está ocurriendo, pero lo poco que he visto y oído me ha llevado a mirar con cierta tristeza la manera en que, a veces, reaccionamos como sociedad.

Percibo que el miedo nos hace mirarnos demasiado hacia dentro, como si cada uno se preocupase únicamente por proteger su propio espacio. Seguimos con inquietud dónde aparece un caso, dónde desembarca un barco, qué riesgos puede suponer todo esto para nosotros. Y es comprensible: el temor nace de nuestra fragilidad, y forma parte de quienes somos.

Sin embargo, mientras escucho estas noticias, me pregunto si no será posible —y necesario— conjugar ese miedo legítimo con una mirada más amplia, más compasiva. Como ya ocurrió con la COVID, echo en falta una sensibilidad más honda hacia quienes ahora mismo están atravesando la enfermedad.
¿Nos hemos detenido a ponernos en su piel?
¿Hemos pedido luz para ellos, para sus familias, ppara quienes viven estos días con incertidumbre y sufrimiento?

A veces siento que el miedo nos ha estrechado la mirada. Que, sin darnos cuenta, dejamos en un segundo plano a ese prójimo al que decimos querer tratar como a nosotros mismos. Y sin embargo, es ahí —justo ahí— donde se juega nuestra humanidad y nuestra fe: en cómo acompañamos el dolor de otros, incluso cuando nosotros también estamos asustados.

Invito a todo el mundo a hacer un ejercicio de introspección, para situarse, hacerse conscientes de lo afortunados que somos y pedir a Dios que acompañe a todos los enfermos y su entorno más cercano.

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