¿Qué sucede en el interior de alguien que, desde niño, aprendió a construir muros de dinero y poder para protegerse del desprecio? Pedro Miguel Lamet da voz a uno de los personajes más desconcertantes del Evangelio —Zaqueo, jefe de recaudadores de impuestos en Jericó— en una novela bíblica que se lee como un testamento íntimo dictado desde el corazón.
Narrada en primera persona y dirigida a Sara, su hija espiritual y confidente, la obra recorre la vida de un hombre que lo tiene todo y está vaciado por dentro. Su baja estatura, su matrimonio con la orgullosa Inga y la traición implícita de cobrar impuestos para Roma lo condenan a una soledad sin fondo. Lamet construye con destreza ese paisaje interior donde la riqueza acumulada no es sino una cicatriz.
El clímax de la novela no es una batalla ni un golpe de fortuna: es una mirada. Jesús detiene el paso, llama a Zaqueo por su nombre desde abajo del sicómoro donde este se ha encaramado —ese árbol que da título al libro y que se convierte en símbolo de búsqueda desesperada— y decide hospedarse en su casa. En ese gesto de aceptación incondicional, algo se rompe y se rehace al mismo tiempo.
Lamet no escribe solo para los amantes de la Biblia. En el apéndice deja claro que Zaqueo es también un espejo contemporáneo: el capitalismo que excluye, la idolatría del éxito, el vacío que crece cuanto más se llena el granero. La conversión del publicano no es un final dulce, sino el comienzo de una vida que por fin tiene sentido. Una lectura que sin duda toca dentro de lo que somos, sostiene muchas esperanzas y, en los mejores momentos, conmueve.




