Estos días, se habla mucho de “prioridad nacional”, y de los frágiles argumentos morales que la sostienen y las peligrosas consecuencias que puede tener, aunque se haga en otros países cercanos y hagamos la vista gorda. Y quizás, sea también una buena ocasión para purificar nuestras conciencias, y ver cuales son realmente nuestras prioridades y la calidad moral de nuestros sistemas sociales. Pero también, para poner encima de la mesa cómo gestionamos los recursos públicos, porque de eso va el sentido auténtico de la política.
Y creo que mientras nos rasgamos las vestiduras -y con razón- con la “prioridad nacional”, mutatis mutandis, olvidamos que en España sigue habiendo “prioridades regionales” de forma muy sibilina. Impulsada por las instituciones de los distintos gobiernos autonómicos, a su manera, vemos cómo se discrimina en ocasiones por el lugar de origen a la hora de acceder al empleo público, donde se menosprecia y se desconoce adrede la cultura e historia del conjunto del país, donde se pone en duda el reparto proporcional y equitativo de los recursos o se favorece “a los de aquí” porque “son de aquí”, haciendo que se ve la comunidad vecina casi siempre como un enemigo porque “no son de los nuestros”.
En un mundo cada vez más globalizado, debemos asumir que una de las grandes tentaciones habita en el sectarismo, que considera que lo de uno es siempre mejor, por el mero hecho de ser de uno. Y que divide el mundo en clanes y enfrenta países bajo el pretexto de identidades locales, en ocasiones forzadas. Ojalá seamos capaces de ser lúcidos a la hora de poner en cuestión nuestras prioridades, no vaya a ser que repitamos con elegancia aquello que criticamos con vehemencia.



