Todos hemos sido ese joven que en la intimidad de su habitación, en donde solo ve Quien ve en lo secreto, imagina su vida futura como una fantasía sin baches. Sin embargo, la vida ha resultado ser más aterrizada de lo que soñábamos. Pero aterrizar la vida no es rendirse; es empezar a vivir de verdad. En ese hilo imaginario que une al joven que soñaba con el adulto que hoy abre un aula, que pasa consulta en un centro de salud del extrarradio, que confecciona el boletín de noticias o que conduce un taxi a medianoche, Dios no ha dejado de estar presente.
Descubrir la vocación es encontrar un trocito de Reino y entender que este solo crece si se esparce. Por eso, hay vocaciones que no pueden convertirse en un servicio de ventanilla y sello, de puertas para adentro; la vocación es, ante todo, un servicio público. Es el compromiso innegociable de no dejar crecer muros en la clase, de sonreír a cualquier paciente como si fuera el primero, de redactar las noticias como si en ello hallaras la paz o de conducir como si a un ídolo llevases.
Si mi vocación se hubiera quedado en aquel cuarto adolescente, habría negado la lucidez que recibí cuando me buscaba a mí mismo. La escuela se hace sagrada cuando se pega al barrio y busca el bien común, demostrando que aquí nadie sobra. El cielo no se encuentra huyendo de nuestra realidad, sino abriéndonos a un mundo ansioso por dignificar a los menos de la sociedad.









