La misión Artemis II ha culminado con éxito y, con ello, todo parece indicar que el hombre vuelve a la Luna, la misma que acompaña nuestros sueños y nos fascina, a pequeños y mayores, desde el principio de los tiempos. Un viaje espacial que anticipa el primero de otros grandes logros y nos recuerda la capacidad de fascinación del ser humano, su deseo de saber más y de ahondar, de esta manera, en el misterio del universo, desvelando así la grandeza de su Creador.

Como el joven que se da cuenta de lo maravillosa que es su vida cuando viaja a otro país, quizás nos pase algo parecido. Vemos la belleza de nuestro planeta desde lejos y entonces las diferencias insalvables se vuelven matices; nos reconocemos todos como una gran familia, porque desde el espacio no existen las fronteras. Es la naturaleza desbordante la que nos fascina, porque cuanto más buceamos en lo profundo de la ciencia, más podemos maravillarnos. Es el don del ser humano para empequeñecerse al mirar al cielo y poder admirar.

El conocimiento también es un camino hacia la paz, porque tomar perspectiva nos ayuda a agradecer todo lo que tenemos y a relativizar las cosas frente a un mundo que nos impresiona, al comprender mejor la realidad en toda su complejidad. Ojalá este paso de la humanidad nos sirva para llegar a lo profundo, para asomarnos como niños a la inmensidad y reconocer cómo Dios nos sostiene y nos da vida, llamando al ser humano a vivir en comunión con Él una vez más, porque el hombre del siglo XXI también es capaz de lo mejor.

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