Son pocos los políticos que rechazan hablar de la Iglesia, con mayor o menor educación, cosa que no hay que dar por hecho. A veces lo hacen para alabarla y captar votos de católicos interesados en aspectos sensibles; otras, para criticarla despiadadamente —o perseguirla poco a poco hasta ahogarla— cuando algo no se ajusta a sus intereses partidistas ni se somete a su poder. Y, normalmente, suelen oscilar entre ambas posibilidades, como le ha pasado a Trump esta vez, quizá desesperado por la postura firme y madura de León XIV ante la guerra de Irán, y como les pasa a otros políticos de derechas y de izquierdas en otros ámbitos.
Sin embargo, a la mayoría de los políticos se les olvida que la Iglesia Católica, y en particular los últimos papas, son probablemente uno de los pocos faros morales que le quedan a nuestro mundo. Y esto han de recordarlo especialmente cuando no se les da la razón, como es el caso. Porque quizás, en vez de insultar, menospreciar o ridiculizar a la Iglesia cuando les conviene, deberían ahondar en la profundidad de un mensaje que sigue vivo y que ha resistido las embestidas de ideologías, tiranos y dictadores, y que ha visto caer varios imperios que se creían invencibles.
En el fondo, hay un matiz que nos puede ayudar y que pasa no solo por la distinta percepción del poder, o por la negativa católica a doblegarse ante la tiranía del capital. Quizás pasa por considerar que Dios solo hay uno —y no falsos mesías—, y que no estamos aquí para administrar justicia, sino para, entre otras cosas, defender la verdad y ayudar a la Humanidad a buscar la luz verdadera que le ayude a discernir, sin engaños, el bien del mal en tiempos de tanta oscuridad e incertidumbre. Ojalá los católicos del siglo XXI seamos tan valientes como lo está siendo León XIV, asumiendo que la Iglesia Católica no tiene miedo a proponer una palabra llena de fe, esperanza y caridad al mundo, en lo que gusta y en lo que no gusta oír.



