Vivimos inmersos en la sociedad del cambio y la multitarea. Una sociedad que nos exige estar permanentemente al día, planificarlo todo —¡cada vez es más difícil quedar sin cita previa!— y que, poco a poco, corre el riesgo de deshumanizarnos.
Muchas veces pensamos que esto es fruto de la tecnología. Seguro que tiene que ver, pero esta forma de relacionarnos con la realidad se viene gestando desde hace siglos. Ya en el siglo XVII, con el pensamiento de Descartes y las leyes de Newton, se consolidó una visión del mundo que separaba alma y materia y entendía el universo como una gran máquina predecible.
Desde esta perspectiva, la naturaleza pasó a ser objeto de control, y el ser humano comenzó a verse como quien entiende y maneja ese mecanismo… hasta el punto de convertirse en una máquina más.
Quizá esta mirada ha contribuido a una sociedad marcada por el ego: la necesidad de destacar, avanzar, demostrar. Cuando el individuo se construye desde ahí, incluso los grandes avances pueden perder su sentido más humano.
Siempre hemos escuchado que el todo es mayor que la suma de las partes. Pero si ese “todo” se construye desde el ego, el resultado es la sociedad que percibimos hoy.
Sin embargo, si miramos al ser humano desde su esencia —desde ese yo profundo que vive desde la entrega y el servicio— el resultado cambia. Personas que buscan amar y servir generan una mirada distinta sobre la realidad.
Crecer desde el amor al prójimo y la entrega puede ser el mayor regalo que hagamos a nuestro alumnado. Jesús de Nazaret, nos lo recordó con su vida, esa que ha inspirado a tantos como San Ignacio de Loyola o San Alonso Rodríguez.
El futuro está en manos de los jóvenes que hoy tenemos en nuestras aulas. Acompañémoslos para que recorran ese camino con sentido y puedan liderar un nuevo paradigma centrado en el amor.
