En la vida cotidiana del colegio, conmueve profundamente la entrega de tantas madres que acompañan a sus hijos con amor paciente y atento. Cada hijo es distinto, y también lo son sus circunstancias, sus heridas y sus momentos vitales. Por eso, el cuidado nunca es uniforme: exige discernimiento, presencia y una disponibilidad que se adapta a cada necesidad concreta. En ese camino, María se nos presenta como modelo de fidelidad y ternura: ella no se separa de su Hijo y permanece al pie de la cruz, sosteniendo el dolor con esperanza.
Hoy, María sigue estando al pie de tantas cruces de nuestro tiempo. Está en quienes sufren la violencia, la soledad, la pobreza o la injusticia. También nosotros estamos llamados a permanecer junto a los crucificados de hoy: nuestros alumnos, nuestros hijos, nuestros vecinos, compañeros de trabajo y tantos rostros anónimos que claman consuelo, apoyo, cariño, cercanía y dedicación. No se trata de grandes gestos, sino de una presencia que escucha, acompaña y sostiene.
La espiritualidad ignaciana nos invita a reconocer a Dios en todas las cosas y, de manera especial, en cada persona. Amar a Dios pasa necesariamente por amar al prójimo, especialmente al que sufre. En tiempos heridos por el dolor, donde la violencia crucifica cada día a demasiadas personas y la dignidad humana es vulnerada, se hace urgente ser testigos de un amor que sana, que sirve y que construye paz.
Permanecer al pie de la cruz hoy es comprometernos con la vida, trabajar por la reconciliación y no perder nunca la esperanza en el Reino de Dios que ya germina entre nosotros. Cuando caminamos por la vida y sufrimos o nos cruzamos con los que sufren, nunca debemos olvidar que somos hermanos.



