Hace ochenta años, unos “padrecitos jesuitas españoles” se adentraron por los ríos del Amazonas: Marañón, Nieva, Cenepa, Santiago… Sin GPS, sin seguros, sin likes. Solo con fe, una mochila y una certeza: que el Evangelio vale la vida.

Aquí aún los recuerdan. Dicen que escuchaban más de lo que hablaban, que curaban, que reían con la gente. Llevaban esa mezcla tan nuestra de nobleza y sencillez, de pureza en la entrega y alegría en el servicio. No trajeron solo palabras: trajeron corazón. Y eso dejó huella.

A veces pienso en ellos y me da vértigo. ¿Qué haríamos nosotros si el Espíritu nos pidiera lo mismo? Hemos heredado su fuego, pero lo cubrimos con comodidad y miedo. Ellos, hijos de una España pobre pero grande de alma, se la jugaron por algo eterno.

Quizá no tengamos que cruzar el Amazonas, pero sí nuestras propias fronteras: la indiferencia, la rutina, el miedo a comprometernos. Ellos salieron porque creyeron que Jesús sigue valiendo la pena.

Y vosotros, jóvenes de hoy… ¿seguiréis mirando desde la orilla u os atreveréis, como ellos, a remar contracorriente?

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