Sabemos que no amamos lo que no conocemos, y ¿cómo entonces amar a Jesucristo sin conocerlo? ¿Solo con la experiencia? Para dar razón de nuestra fe también necesitamos conocer a Jesús de Nazaret.
El teólogo y después papa Joseph Ratzinger (Benedicto XVI) escribió una trilogía sobre el Mesías: el primero, desde el bautismo hasta la Transfiguración; el segundo, el que ahora recomendamos; y el tercero, tras la Resurrección. Cierto es que lo mejor sería poder leerlos todos, pero, puestos a elegir, propongo este para adentrarse en el momento clave del paso de Jesús por este mundo: el tiempo en Jerusalén, sus preámbulos, pasión y muerte, que, aunque los celebremos cada año, son días tan intensos que hay detalles que damos por supuestos o de cuya importancia ni siquiera nos percatamos.
Lleguemos al conocimiento interno de Jesucristo a través del conocimiento externo que nos llega por medio de los Evangelios y, en este caso, de la escritura del que fue nuestro Santo Padre.
La verdad, en toda su grandeza y pureza, es Jesucristo. El mundo es “verdadero” en la medida en que refleja a Dios, el sentido de la creación, la Razón eterna de la cual ha surgido. Y se hace tanto más verdadero cuanto más acerca a Dios. El hombre se hace verdadero, si llega a ser conforme a Dios. “Dar testimonio de la verdad” significa dar valor a Dios y su voluntad frente a los intereses del mundo y sus poderes con apariencias, pero engañosos. (p. 226).




