La Cuaresma nos invita cada año a detenernos y mirar con honestidad nuestra vida y el mundo que habitamos. No es un tiempo de evasión espiritual, sino de confrontación. En medio de guerras normalizadas, migraciones forzadas, desigualdad creciente y una cultura que muchas veces anestesia el sufrimiento ajeno, la cruz de Jesús vuelve a ser una realidad incómoda.
El Evangelio nos recuerda la radicalidad del amor: “Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Juan 3,16). Ese amor se hace concreto en la entrega total, como dice Jesús: “El Hijo del Hombre no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos” (Marcos 10,45). Y resume la esencia de su sacrificio: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Juan 15,13). Servir y amar, así nos comprometemos con los que sufren y con los que son ignorados.
Como nos transmitieron los jesuitas en su Congregación General 32 hace ya más de 50 años: “la misión de la Compañía de Jesús hoy es el servicio de la fe, del que la promoción de la justicia constituye una exigencia absoluta”. La Cuaresma nos vincula justamente con la realidad. Ayunar, orar o dar limosna tiene sentido porque nos conduce a una fe encarnada, que se traduce en compromiso concreto, que nos hace sufrir con los que sufren, que nos impulsa a construir un mundo de hermanos, para entre todos transformar estructuras injustas y reconocer, siempre, el rostro de Cristo en los crucificados de nuestro tiempo.
Creer en Jesús hoy es seguir su camino: amar, hacer el bien, servir y trabajar por la justicia.



