La experiencia de la Cuaresma es un camino de conexión interior. Se nos invita a profundizar aquellas flaquezas nuestras que a menudo son piedra de tropiezo. Pero también somos invitados por Dios a mirar las fortalezas. Primero porque son don de Él, pero también, porque son herramientas para el bien.

La pedagogía de la Cuaresma huye de pensar que la perfección es lo mismo que infalibilidad (el aprender a no equivocarse); parece que hemos introyectado que la aceptación social es un bien en sí mismo y, así, volvemos nuestra mirada hacia el ‘yo’ en lugar del ‘nosotros’.

Y vemos a Jesús: que su camino le lleva a ir desapareciendo, a ir rechazando los focos y los espacios importantes “a los ojos del mundo”. Pero a medida que va cumplimentado el camino, los Evangelios le muestran cada vez más fuerte. A la luz de la relación con el Señor, sentimos la invitación a caer en la cuenta de que elevarse hacia Dios nos lleva a arrodillarnos para lavar los pies a los otros. Porque… ¡hay tantos pies que lavar!

Entonces, hablamos de humildad y no de humillación; de servicio y no de servilismo; y hablamos de fortaleza y no de autosuficiencia. De nada sirven todos los sacrificios cuaresmales si este corazón nuestro no se sintoniza con la bondad, el amor y la sencillez a la que nos invita Jesús.

Así que, los que somos más fuertes debemos sobrellevar las flaquezas de los débiles y no agradarnos a nosotros mismos. Cada uno de nosotros agrade a su prójimo para el bien, con miras a la edificación«. Romanos 15, 1-2

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