Toda España sigue conmocionada por las tragedias ferroviarias que han costado la vida a 46 personas: 45 en Adamuz (Córdoba), a los que, tristemente, hay que añadir a Fernando, el maquinista de cercanías que falleció dos días después en Gélida (Barcelona).
Son muchos a los que el 18 y el 19 de enero se les quedarán grabados para siempre: las 46 vidas truncadas, las familias rotas por la incertidumbre y el dolor, los pasajeros que han tenido la suerte de librarse, pero a los que no se les borrará el horror vivido; los voluntarios que lo dieron todo para sacar adelante a los heridos…
Ante el misterio del dolor, injusto, inesperado, a los creyentes nos queda el consuelo de poder confiar en el Dios de la vida. Eso es lo que han hecho, precisamente, algunos de los familiares que han sufrido en sus propias carnes la desgracia. Con su testimonio de fe y esperanza en Cristo, crucificado y resucitado, y en María, su Madre, están poniendo un poco de luz donde solo hay oscuridad.
Ahí está Davinchi, jugador profesional de futbol en el Getafe, cuyo padre venía de ver jugar a su hijo: «Sé que el Señor de las Penas y la Virgen del Amor te tienen a su lado y juntos me guiaréis durante toda mi vida.»
Y Fidel, con una madre fallecida y dos hijos y un hermano heridos: «Ante la adversidad y las desgracias y cuando los cimientos de la fe se tambalean. Jesús de Nazaret está ahí acompañando a mi madre y a tantas personas que han fallecido».
Y Julio, el héroe de 16 añitos, rezando en el funeral celebrado en Córdoba, «A ti, Señor, levanto mi alma» (salmo 25).
Gracias, Señor, porque la fe de todos ellos no anula el dolor, pero nos ayuda a encontrar un poco de sentido en medio del sinsentido.



