Una instalación contemporánea en la que su autor Willem Zijlstra combina y resignifica dos elementos curiosos: un cordero disecado y una pila de periódicos almacenados durante meses. Representa así el sacrificio de la Eucaristía, en el que el altar no es otro que el mundo, sobre el que sigue ofreciéndose Jesucristo para ser inmolado. Un Dios que salva en el sufrimiento, también en el de nuestro tiempo tan complejo y tan sangrante. Una obra que habla de ecumenismo y nuevos lenguajes del arte cristiano, al haber sido pensada y realizada por un protestante que, en su día afirmaba: «pero quizá después de quinientos años, los protestantes vamos entendiendo mejor cómo usar el arte para expresar la fe. También los católicos, que solían ser muy conservadores en el arte religioso, van creando nuevos lenguajes»[1].
[1] https://www.larazon.es/historico/2188-un-dios-que-se-puede-tocar-HLLA_RAZON_392511/




