La vida no ve de pausas, no hay “tabula rasa” para afrontar los desafíos cotidianos. Y, en esa necesidad por abrazar el pasado para asumir el hoy de nuestras vidas, no se está exento de esa búsqueda insaciable por hallar palabras que nos permitan encontrar seguridad, sentido y esperanza sobre lo que hacemos y sentimos.
Son tiempos que parecen condicionar, y exigir, tener una palabra para todo lo del ayer y lo de nuestro presente. La preocupación por no encontrar las palabras adecuadas dejó de ser únicamente para lo referente a lo académico o laboral y se va adueñando de otras dimensiones de la vida como la de la fe.
En ese sentido, hace poco un joven que ha participado en varias experiencias de voluntariado y ha compartido con varios jesuitas me decía, con humor, que nosotros, los jesuitas, tenemos la misma respuesta cuando no encontramos palabras para explicar una situación. Tal afirmación me cuestionaba sobre lo difícil que se ha hecho hoy decir: no tengo, ni encuentro, palabras.
¡Y si no hay palabras!, ¿qué? … la amistad, la vida compartida, los días de silencios fecundos y otros tantos de palabras prestadas serán lo que llenen de sentido las ráfagas de sinsentido que suelen colarse en lo cotidiano. Y es que, citando a Benedetti, “en la calle codo a codo somos mucho más que dos”. Son y serán muchas las historias que nos hablen de Dios siendo el sustento para cada día.
Aquella invitación ignaciana de hablar con Jesús “como un amigo habla con otro amigo” [EE 54] viene bien para esos días en los que se siente no tener mucho o nada que contar. Pues, a fin de cuentas, la última palabra no es nuestra y más que nunca cobra sentido aquello pronunciado en la Eucaristía de “una palabra tuya bastará para sanarme.”



