Era un anuncio de un balneario, con la clara intención de que las empresas consideren regalar un vale para “intentar motivar” a sus empleados.
Esa frase me llamó mucho la atención. Se quedó conmigo durante varios días y ha estado dando vueltas en mi reflexión y en mi oración.
Encierra muchos peligros, pero quizá el que más me asusta sea pensar que la motivación de una persona (en cualquier ámbito de su vida), viene únicamente de lo exterior y que es lo exterior lo que da sentido a lo interior. Aceptar esa afirmación es situarse en un estado de desarrollo inmaduro e infantilizado.
Madurar y hacerse adulto significa hacerse responsables de nuestra vida. Y eso no es otra cosa que ser capaces de darle un sentido a nuestra existencia y asumir la responsabilidad sobre nuestras decisiones y elecciones.
Hay muchas historias de vida de personas que supieron dar sentido a lo que les tocó vivir, asumiendo las consecuencias de sus decisiones: Nelson Mandela, Viktor Frankl y miles de personas anónimas que todos conocemos. No nos equivoquemos: no es lo que nos pasa, sino el sentido que somos capaces de encontrarle a lo que nos toca vivir.
En el Evangelio podemos encontrar pistas claras para tomar las riendas de nuestra vida. Una de ellas es la del Evangelio del paralítico: «Coge tu camilla y anda». Los grandes referentes no esperaron a que nadie los motivara ni a que les dieran palmaditas en la espalda, porque tenían un propósito y una finalidad que les servían de motor.
¿Acaso hay una motivación mayor para un seguidor de Jesús que luchar por un mundo más justo?
Pero para llegar a esto es necesario comprender que la motivación no consiste en pasar por la vida buscando únicamente el bienestar o una vida cómoda, sino en asumir que estamos llamados a ser personas transformadoras del mundo.
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