Hace tres meses, compartía con mis amigos una noticia que sonaba a locura: mi padre, con sus 85 años, se disponía a dar la vuelta al mundo. Lo contaba con cierto aire de previsión, como quien quiere preparar el terreno “por si acaso”. En el fondo, me habitaba una certeza: algo podía pasar. Incluso se lo dije a él.
Una tarde de final de verano, en Madrid, le confié este temor a un buen amigo jesuita. Él, con la serenidad que tiene quien te conoce bien, me respondió: “¿Por qué te adelantas a sufrir por cosas que no sabes si ocurrirán?”
Aquella pregunta dio en el clavo. ¡Cuántas veces nos adelantamos al futuro imaginando escenarios oscuros! Nos preocupamos por lo que debemos hacer y por lo que harán quienes nos importan. Y esa nube gris nos roba la luz del presente, nos impide saborear lo que está ocurriendo ahora.
La espiritualidad ignaciana nos invita a algo distinto: a buscar y hallar a Dios en todas las cosas, también en lo cotidiano y en lo incierto. A vivir cada día con su afán, abiertos al regalo que es cada jornada. A confiar en que, si algo no tan positivo sucede, Dios no nos soltará de la mano.
El viaje de mi padre ha sido una lección. Dos meses y medio de aventuras, alguna que otra tensión y muchas risas compartidas con mis hermanos. Hoy, ya está de vuelta en casa, después de un largo tiempo desde que zarpó en barco desde Londres. Y yo he puesto en práctica, una vez más, que no debo anticipar tormentas, sino permanecer en la confianza. La vida es una travesía que merece ser vivida con libertad y conciencia, fiándonos del mejor compañero de camino.



