Ha muerto Robert Redford. E inmediatamente uno empieza a evocar momentos cinematográficos inolvidables. El humor y la solidez de “El golpe” , la libertad que transmiten “Dos hombres y un destino”, la tremenda dureza de “Gente corriente”, el romanticismo arriesgado pero triunfador de “Memorias de África”, el cinismo de “Quiz Show”… Cuando yo empecé a seguirlo él ya era una figura consagrada. He mencionado solo cinco películas. Tres las interpretó, dos las dirigió. Podrían ser muchas más. Se multiplican las crónicas recorriendo su filmografía como actor, como director, hablando de Sundance, y de una figura tan coherente como respetada…
A mí hay algo que me da esperanza. En un mundo fragmentado y donde tanto se valora lo aparente y lo efímero, sigue habiendo figuras que logran ser colosales en lo suyo. Personas que trascienden la moda y el momento, y terminan siendo conocidos, apreciados, respetados y quizás llorados por generaciones enteras.
Ojalá no dejen de existir figuras así. Porque andamos un poco faltos de mitos. Cada vez quedan menos personas que sean así universalmente respetadas, no solo por su excelencia en lo suyo (ya sea el arte, el cine, el deporte, la política, su fe o su compromiso), sino también por su saber estar, su coherencia con los valores que defienden y una forma de presentarse sin estridencias ni payasadas. Hoy en día han sido reemplazados por figurines instantáneos, por cantamañanas digitales -con perdón-, por obsesos de la apariencia y la inmediatez, por figuras que creen que la fama es cuestión de viralidad y renuncian a la solidez de trayectorias escritas a base de años de trabajo, esfuerzo, de seriedad y responsabilidad. Gracias a Dios, de vez en cuando una muerte nos recuerda que aún queda gente que logra hacerse un hueco en esta memoria colectiva. Que aún sigue habiendo personas que consiguen no ser olvidadas en vida, y cuyo último paso invita a la nostalgia, a la memoria, al aprecio por mucho de lo vivido con ellos o gracias a ellos.
Estas vidas que, cuando se apagan, brillan en un último estallido, nos recuerdan que todos tenemos que aspirar a la excelencia. No por una cuestión de perfeccionismos innecesarios. Ni por autoexigencias mal entendidas. Ciertamente, no por alcanzar la fama (que además incluye, seguramente, una parte de suerte y carambola). Porque llevamos dentro, cada uno a nuestro modo, talentos únicos. Y hacer que se desplieguen a lo largo de la vida, es en realidad encontrar nuestro lugar en el mundo. Porque nada hay más extraordinario que la gente corriente, cuando deja brotar todo lo que lleva dentro.



