“Hasta los veintiséis años se su edad, fue un hombre dado a las vanidades del mundo, con un grande y vano deseo de ganar honra”. Así comienza la Autobiografía de san Ignacio de Loyola, un hombre normal, “desgarrado y vano”, como solía llamarse a sí mismo; quien con su vida nos recuerda lo que nos decía el Papa Francisco: “no hay santo sin pasado ni pecador sin futuro”. Para ser santos hay que tener la audacia de ser peregrinos y saber andar siempre en camino. El camino de Ignacio tuvo un quiebro en Pamplona, con una herida dolorosa y vergonzosa que lo puso al borde de la muerte pero que, a su vez, en soledad y silencio, le permitió encontrarse cara a cara con Dios y con su verdad desnuda. Éste es el momento de los humildes que saben callar su ego para escuchar la voz de Dios y examinar la intimidad del corazón; es el momento de no llorarse las mentiras, sino cantarse las verdades, con amor y valentía.

La grandeza de Ignacio radica en su vocación de peregrino. Tal vez la peregrinación más importante que tuvo que hacer nuestro santo fue la interior, que implica estar atento y seguir al Espíritu; pues, como nos cuenta Jerónimo Nadal; “Ignacio seguía al Espíritu, no se adelantaba. De ese modo, era conducido con suavidad a donde no sabía. Poco a poco, se le abría el camino, y lo iba recorriendo. Sabiamente ignorante, puesto sencillamente su corazón en Cristo”.

Ignacio de Loyola es un peregrino de esperanza porque no cayó en la trampa de la queja, la negligencia, el desánimo y la confusión que le hacía creer que todo estaba perdido. Sino que, aún con su ego herido y su cojera de por vida, creyó en su Señor que le decía “Yo hago nuevas todas las cosas” (Ap 21,5). Ignacio aprendió a dejarse llevar por el buen espíritu que lo hacía ser como un colibrí, que se alimenta del néctar de flores de las mociones y no por el mal espíritu, que se comporta como un cuervo carroñero que se alimenta sólo de animales muertos. El peregrino sabía que la esperanza es un don de Dios, pero también una tarea que hay que cuidar y cultivar por medio de la vigilancia y el discernimiento. Sabía que “la esperanza no defrauda” (Rom 5,5), por eso, casi al final de su vida, nos dejará un consejo: “es menester en Él solo poner la esperanza de que Él haya de conservar y llevar adelante lo que en nosotros se dignó comenzar” [Const.812].

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