Hay muchos modos de corregir a un niño. Desde el que le deja hacer sin intervenir, el que le explica si lo que está haciendo está bien o está mal -y las consecuencias que conlleva- y el que remite a la reprimenda de una autoridad mayor -y actúa por tanto por miedo o coacción-. Esto lo vemos en los niños, y ayuda a distinguir entre el buen y el mal educador. Pero también ocurre en nuestro día a día, cuando culpamos de nuestros problemas a la Iglesia, al estado o al jefe de campamento por poner solo un ejemplo.

Estas conductas suelen ocurrir por maldad, por ignorancia o por cinismo, pero todos nos hemos visto echando la culpa a una entidad superior por miedo a reconocer nuestros fallos, o sencillamente por salir al paso. Al fin y al cabo, la superestructura de arriba no va a sacar un comunicado desmintiendo tu mentirijilla ni el director del colegio va saber lo que has dicho en una conversación de pasillo.

Pero esto nos remite a nuestro modo de afrontar los problemas del sistema. Está el que siempre culpa a otros, o al sistema de turno, o a la comunidad, el que rompe la baraja provocando un cisma -la Historia provee de múltiples ejemplos- y el que se deleita espolvoreando cada problema, y acaban así dañando todos el bien común y robando la esperanza de propios y extraños. Pero también está el que intenta cambiar las cosas desde dentro, asumiendo responsabilidades -pero siempre desde la caridad-, como hizo el bueno de San Ignacio, de Santa Teresa o de San Juan de la Cruz.

En nuestras comunidades suele haber cosas que no funcionan y que nos duelen, pero también sabemos lo que suele ocurrir cuando escupimos hacia arriba.

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