- Por su originalidad. Lejos de ser irreverente la propuesta cómica e irónica con la que el director enfrenta el nazismo nos ayuda a empatizar con la mirada del niño y a dejarnos golpear por la dureza de haber normalizado la xenofobia, la violencia y el totalitarismo.
- Por su estética, marcada por el contraste de colores entre buenos y malos. El color nos habla de la experiencia del niño, que vive la tragedia desde sus categorías naturales: juego, imaginación o sueño. El color se vuelve especialmente significativo en el personaje de la madre, Rosie (Scarlett Johansson), caracterizada a medio camino entre Robin Hood y el movimiento hippie.
- Por su simbolismo, muy relacionado con lo anterior. En la película la música, el baile, la ropa son algo más que acompañamiento. Bailar es símbolo de libertad, solo donde hay libertad queda espacio para poder bailar, aunque sea a escondidas. Especial atención al papel del vestuario, y como la estética psicodélica juega un papel liberador ante el gris de la barbarie.
- Por la historia de Elsa y Jojo. Elsa, la niña judía que recuerda al arquetipo Judit, y Jojo descubrirán desde su corta edad el valor y la necesidad del diálogo y los riesgos de ver al diferente como un enemigo.
- Por la ternura que recorre la cinta: el hogar, la figura de la madre-heroína, la inocencia de Yorki o la tierna incapacidad de Jojo para atarse los zapatos en un mundo que mientras tanto le exige llevar un fusil al hombro.




