
reflexión
Vivir en segunda persona
Vivir en clave de «tú»
«Amar a Dios con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios» (Mc 12, 33)
Tal vez es inevitable una dosis de subjetivismo, y un cierto énfasis en el 'yo', pues mi conciencia es mi filtro. Sin embargo a veces habría que hacer el ejercicio de intentar ponerme en la piel del otro, especialmente del otro cercano, que es el que llena mi horizonte vital. A veces habría que hacer el esfuerzo por pensar en 'tú', tratando de descifrar cómo eres, qué sientes, si sufres y por qué, de dónde viene esa sonrisa fascinante, esas ojeras o esa mirada compungida. A veces tendría que tratar de imaginar cómo es estar en el pellejo del otro. De ese otro a quien no entiendo, o a quien critico, a quien no puedo ver por ser de tal o cual manera. De ese otro, ese 'vosotros', que llenan todas las vidas, pues triste vida la de quien vive sólo una vida en clave de yo.
Piensa durante un breve momento en los nombres más cercanos de tu vida y, si tienes ocasión, dedica un rato a tratar de imaginar/descifrar sus cansancios, sus miedos, sus ilusiones, sus alegrías, sus esperanzas...
Y durante esta semana trata de pensar en ellos, y rezar por ellos.
Destino alegre
Nos han abandonado en medio del camino.
Entre la luz íbamos ciegos.
Somos aves de paso, nubes altas de estío,
vagabundos eternos.
Mala gente que pasa cantando por los campos.
Aunque el camino es áspero y son duros los tiempos,
cantamos con el alma. Y no hay Un hombre solo
que comprenda la viva razón del canto nuestro.
Vivimos y morimos muertes y vidas de otros.
Sobre nuestras espaldas pesan mucho los muertos.
Su hondo grito nos pide que muramos un poco,
como murieron todos ellos,
que vivamos deprisa, quemando locamente.
la vida que ellos no vivieron.
Ríos furiosos, ríos turbios, ríos veloces,
(Pero nadie nos mide lo hondo, sino lo estrecho.)
Mordemos las orillas, derribamos los puentes.
Dicen que vamos ciegos.
Pero vivimos. Llevan nuestras ,aguas la esencia
de las muertes y vidas de vivos y de muertos.
Ya veis si es bien alegre saber a ciencia cierta
que hemos nacido para eso.
José Hierro
Porque sí
«Dad y os darán: recibiréis una medida generosa, apretada, remecida y rebosante. La medida que uséis la usarán con vosotros.» (Lc 6, 38)
Solemos hablar en cristiano de 'gratuidad' en las relaciones. ¿Es posible? ¿Es posible un servicio desinteresado, un amor que no espera nada a cambio, una vida en segunda persona? Hay quien dice que no, que si sirvo es para sentirme mejor (al final también por mí), que si amo es porque me llena (yo de nuevo), y que si defiendo alguna reivindicación, aunque no tenga nada que ver conmigo, es por que me encanta ser un quijote (finalmente, 'yo'). Eso es una visión demasiado cínica de la vida. Hay que creer en la generosidad en un mundo escéptico; en la alteridad, la apertura al otro, en un mundo egocéntrico; en la gratuidad en un mundo que a todo pone precio; y lo creemos porque nuestro horizonte último habla de dar la vida, y eso es lo que encontramos en Dios y vislumbramos en tantas entregas gratuitas: los padres, una persona capaz de sacrificarse por otra, soñar en un mundo donde cada persona tenga su dignidad garantizada.
Pídele a Dios capacidad para creer que es posible hacer las cosas porque sí, sin esperar nada a cambio, creyendo que es necesaria una lógica distinta.
Los hombres solidarios
Diría al más pobre de los hombres,
al más enfermo, al más desheredado:
Éste es el comienzo de una fábula feliz.
Pondría en sus manos las conchas más frescas
del mar; en sus hombros,
una rama en flor;
en la boca, una espiga de trigo maduro.
Nos callaríamos para escuchar una historia
que cuenta la sangre.
Le diría: – Aquí tienes la fuente donde beber.
Le diría: – La tierra es rica
y el hombre es hijo de la tierra.
Podría leer en mis ojos
lo solidarios que somos.
También le diría: – Hermano mendigo,
tira el dinero que te dan.
Extiende las manos
y recibe el óbolo insigne
de un campo de oro donde tiemblan las espigas,
de un cielo tachonado de estrellas,
de una ola del mar fresca y llena de peces.
Para el que quiere, el mundo está ahí.
Armand Bernier (La familia humana)


