Qué fácil es hablar del silencio cuando se tiene el hábito de meditar veinte minutos diarios o un desierto a mano al que acudir a buscar un oasis. Pero qué difícil es encontrarlo cuando un grupo de whatsapp arde, el coche de delante no arranca en el semáforo o se nos acumula una pila de tareas, facturas o exámenes que corregir. Para nosotros, el común de los mortales que vivimos en la acción y el ruido, el silencio no es un lujo; se ha convertido en una herramienta de supervivencia.
Si nos olvidamos de las grandes sesiones místicas, descubrimos que nuestra vida espiritual es de guerrilla, de crear pequeñas emboscadas al caos. Es esa orfebrería de los huecos en el minuto de gracia en que esperas a que el agua hierva; los diez segundos con los ojos cerrados antes de una reunión; o el gesto de encerrar el móvil en otra habitación durante la cena.
Estos pequeños silencios no están vacíos; son silencios habitados que ayudan a dar sentido a nuestra cotidianeidad. No buscamos iluminaciones celestiales, sino más bien, recuperar el aliento. Podemos, en estos pequeños espacios, dejar de ser “los que resuelven problemas” para volver a ser, sencillamente, hijos amados.
Dios no nos da un discurso en esos treinta segundos, nos da una tregua. Nos está esperando en esa rendija de la agenda, en ese instante en que, por fin, decides no decir nada para que sea Él quien lleve la iniciativa. Sostén tu propio silencio, está habitado, no vacío.



