Te vas de retiro, o pasas unos días de Ejercicios Espirituales, y alcanzas un momento de «iluminación». Te sientes pletórico, dichoso, afortunado, elegido, mirado con infinito amor… Y no es para menos: es así que Dios nos desea. Pero, ¡ay!, que llega que hay que volver a rutinas, dinámicas que no nos dan respiro, fechas de entrega que se nos echan encima y a trabajos con los que cumplir nada estimulantes.
Nos vemos como al acabar unas vacaciones: ¿por qué no quedarnos de vacaciones todavía un ratito más? ¿Por qué no instalarnos en el «retiro»? De pronto, resulta que el «subidón», la dicha, los buenos propósitos y el ánimo enardecido le aguantan el tipo a la cotidianeidad más bien poco. «No es para tanto»: un espejismo, un lujo que nos hemos ganado (y pagado). Conviene disimular.
Con todo, el Evangelio de este domingo (Mt 17, 1-9) nos recuerda que la Transfiguración, la experiencia espiritual fuerte, supone ser llamados (¿a quién no le gusta sentirse destacado, considerado, tenido en cuenta?: «Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí!») y ya ahí ser enviados (que, para qué mentirnos, puede darnos más pereza, aunque disimuladamente nos cubramos de píos motivos: «vamos a hacer tres tiendas»).
De este engaño conviene desinstalarnos pronto: vivir en relación con Dios tomando atajos para no pasar «entre los muertos» iluminándolos (siendo testigos de transfiguración entre la exclusión, la injusticia, el sufrimiento) es hacer de su trato algo ineficaz. Porque no, sin muerte, no hay transfiguración que merezca la pena comunicar.



