Hace unos años, tuve una boda de unos amigos. Al acabar, uno de lo invitados se me acercó para felicitarme por la homilía, como le puede ocurrir a otros tantos curas, y me dijo delante de más gente que si las homilías fueran como la mía y los curas como yo, él iría a misa todos los domingos. Yo sonreí, pero en mi interior fruncí el ceño, porque me olía a chamusquina.
A los pocos meses, me lo encontré en la ciudad donde vivía, porque justo le habían trasladado recientemente. Estuvimos hablando afablemente un rato a la puerta de la iglesia y le comenté que yo celebraba misa allí todos los domingos por la tarde. Como imaginaba, no llegó a venir nunca.
¿Qué quiero decir con esto? Pues que a veces hay gente que le gusta opinar de la Iglesia y decir cómo tendrían que ser las cosas, pero ni quiere a la Iglesia ni tiene el mínimo interés en ir. Simplemente, tiene la mirada mundana del periodista que opina de la Iglesia, como el que lo hace de fútbol o de política. Pontifica, pero no le importa, y exige que la Iglesia, universal y con 2000 años de historia, se ajuste a sus esquemas mentales, y a veces nos dejamos engatusar por sus opiniones interesadas.
A mi recuerda al Evangelio de la resurrección de Lázaro, que unos iban a ver a Jesús y otros iban guiados por el morbo de ver a un resucitado. Toda opinión es respetable, pero no todas aman a la Iglesia de verdad, no dejemos que se haga de algo tan importante un mero espectáculo bajo el “si la Iglesia fuera…”, porque las opiniones también hay que discernirlas.



