
reflexión
Vivir a fondo
Coger las riendas
«Levantaos y alzad la cabeza, porque se acerca vuestra liberación» (Lc 21,28)
Uno tiene que tomar el timón de muchas cosas. A veces hay que tener iniciativas, pensar en lo que conviene e intentar hacerlo. No puedo estar esperando todo el día a que sean otros quienes llamen, quienes propongan, quienes den pasos a los que sumarme. Con frecuencia me tocará echarme al camino sin tener todas las seguridades, tender la mano al otro en primer lugar; buscar, a los otros, y a Dios… Y si en ese proceso me hieren las cosas, si a veces estoy bien y otras estoy casi rendido, si a ratos me siento fuerte y en otros momentos me envuelve la desazón, no pasa nada. Porque la vida tiene todo eso… En la tormenta y en la calma me volveré a ti, Señor, y te diré: “Señor mío y Dios mío.”
¿Y yo, estoy viviendo, a fondo o pasando por la superficie de los días?
Ímpetu
Mas no todo ha de ser ruina y vacío.
No todo desescombro ni deshielo.
Encima de este hombro llevo el cielo,
y encima de este otro, un ancho río
de entusiasmo. Y, en medio, el cuerpo mío,
árbol de luz gritando desde el suelo.
Y, entre raíz mortal, fronda de anhelo,
mi corazón en pie, rayo sombrío.
Sólo el ansia me vence. Pero avanzo
sin dudar, sobre abismos infinitos,
con la mano tendida: si no alcanzo
con la mano, ¡ya alcanzaré con gritos!
y sigo, siempre, en pie, y así, me lanzo
al mar, desde una fronda de apetitos.
Blas de Otero.
Y bajar las defensas
«Crisol para la plata, horno para el oro, los corazones Yahvéh mismo los prueba» (Prov 17,3)
En el proceso, en la vida, en el trabajo, en el esfuerzo, toca hacerse vulnerable. No puedo reservarme inútilmente, aislarme en una burbuja de seguridad. ¿De qué me sirve evitar el dolor, si pierdo también la capacidad de amar, de vibrar, de buscar? ¿De qué me sirve protegerme de la intemperie o del riesgo, del conflicto o del fracaso, si pierdo también la posibilidad de luchar, soñar, intentar una y mil veces alcanzar cumbres lejanas? ¿De qué me sirve revestirme de un manto de firmeza, si al final eso me aísla y no me deja compartir las lágrimas, las historias, las caídas y los encuentros con los otros? En esa vida profunda y compartida, en la herida y en el abrazo, en el ruido y en la zozobra, en el vértigo y en el encuentro, Dios me saluda, me acuna, me llama y me dice: “Hijo mío”.
¿Quiénes pueden “tocar” mi vida?
Entre la burbuja de seguridad y la intemperie que me hace vulnerable, ¿qué elijo?
La herida
¿Qué si me duele? Un poco; te confieso
que me heriste a traición; mas por fortuna,
tras el rapto de ira vino una
dulce resignación.... Pasó el exceso.
¿Sufrir? ¿Llorar? ¿Morir? ¿Quién piensa en eso?
El amor es un huésped que importuna;
mírame como estoy, ya sin ninguna
tristeza que decirte. Dame un beso.
Así, muy bien; perdóname, fui un loco;
tú me curaste –gracias-, y ya puedo
saber lo que imagino y lo que toco.
En la herida que hiciste, pon el dedo.
¿Qué si me duele? Sí; me duele un poco,
mas no mata el dolor.... No tengas miedo.
Luis G. Urbina


