reflexión

Trenes de muerte

La fraternidad rota

«Por lo demás, hermanos, alegraos; sed perfectos; animaos; tened un mismo sentir; vivid en paz, y el Dios del amor y de la paz estará con vosotros» (2Cor 13, 11)

Cuando el mal ajeno se vuelve un poco propio; cuando la tragedia de los otros nos conmueve hasta las entrañas; cuando el lamento desgarrado de madres, hijos, hermanos, amigos es también el de todos nosotros... entonces se hace patente una verdad escrita en el barro del que estamos hechos: SOMOS HERMANOS. La humanidad es un espacio común, y a pesar de la multitud de barreras, límites, distancias y divisiones, alguna vez percibimos con inmediatez esa verdad primera. El sufrimiento de otros, el dolor del inocente, el golpe injusto, no puede sino despertar en nosotros la nostalgia por esa fraternidad perdida; y el deseo de recuperarla. Y así debe ser. Cada bofetada injusta; toda metralla asesina; cada gemido hambriento; cada cadáver prematuro; cada golpe asesino.. han de seguir despertando en nosotros la conciencia de un plan de Dios quebrantado, y la disposición a tender de nuevo lazos, puentes y manos abiertas.

Con tu vida, ¿contribuyes más a la concordia o a la discordia? ¿Eres portador de paz o de conflicto?

Cuando te nombran 

 

Léase pensando en la paz.

 

Cuando te nombran, 

me roban un poquito de tu nombre;

parece mentira,

que tres letras digan tanto.

Mi locura sería deshacer las murallas con tu nombre,

iría pintando todas las paredes, 

no quedaría un pozo

sin que yo me asomara

para decir tu nombre, 

ni montaña de piedra

donde yo no gritara

enseñándole al eco

tus tres letras distintas.

 

Mi locura sería,

enseñar a las aves a cantarlo,

enseñar a los peces a beberlo, 

enseñar a los hombres que no hay nada

como volverse loco y repetir tu nombre.

 

Mi locura sería olvidarme de todo,

de las letras restantes, de los números, 

de los libros leídos, de los versos creados,

Saludar con tu nombre. 

Pedir pan con tu nombre.

Siempre dice lo mismo – dirían a mi paso,

y yo, tan orgullosa, tan feliz, tan campante.

Y me iré al otro mundo con tu nombre en la boca,

a todas las preguntas responderé tu nombre

–los jueces y los santos no van a entender nada–

Dios me condenaría a decirlo sin parar para siempre.

 

Gloria Fuertes

Dinamita en las maletas

«Caín dijo a su hermano Abel: 'Vamos afuera'. Y cuando estaban en el campo, se lanzó Caín contra su hermano Abel y lo mató.» (Gen 4, 8)

De alguna manera «todos íbamos en ese tren». Pero hay una segunda reflexión necesaria: ¿quién pone las bombas? Hemos de ser conscientes de que las bolsas de deporte cargadas de bombas son el último paso de la espiral de la muerte. La vida se empieza a quitar mucho antes. Y desde ese punto de vista, tal vez todos tenemos una reflexión valiente y necesaria que hacer: Todos podemos llevar maletas cargadas de explosivos. La vida se empieza a quitar desde el momento en el que le negamos al otro su dignidad, por mil motivos. Por supuesto la gran mayoría no cruzaremos nunca una línea hacia lo salvaje, pues nuestra humanidad no está tan descalabrada... pero mucho antes de esa línea hay bombas invisibles. Cada vez que le negamos al otro  una oportunidad. Cada vez que dejamos que el otro se vuelva invisible. Cada vez que olvidamos a la «persona», con su rostro, su vida, sus sentimientos, para anteponer categorías que aíslan, dividen y estigmatizan: «yonqui», «marica», «puta», «moro», «español», «viejo», «loco», «gordo»... cada vez que, sin darnos cuenta, abofeteamos a otros con nuestros prejuicios y etiquetas crueles... contribuimos a la tragedia de un mundo que solloza desgarrado.

¿Qué dinamita llevas tú en tus maletas?

Carne de cañón

 

...Porque sin pedirlo ni beberlo

nos enviaron al pelotón de los torpes

nos ordenaron atacar antes de defendernos, 

nos obligaron a pegar

tiros, antes de hacernos el amor.

Porque yo no entiendo por qué, 

nos enseñaron a nadar antes que a andar, 

a entrar en fuego sin ser bombero.

No es que no seamos capaces,

es que no sabemos cómo comer,

...no nos han enseñado los que saben...

Reconocer que somos sub-desarrollados,

niños sin colegio, de una aldea antropófaga,

llamada mundo

 

Gloria Fuertes

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