Nunca he comprendido del todo esta expresión. Además, jamás sentí el consuelo que se supone que debía darme. Te acostumbras a pedir o a dar gracias, pero en eso de ofrecer y recibir el silencio de Dios no me manejo muy bien. Hasta que hace poco me di cuenta de que sí que tiene sentido.
Hay cosas, sucesos en nuestras vidas, a los que no les encontramos sentido. Lloras en la oración, te enfadas con Dios, la vida se te vuelve insípida y te conviertes en un alma en pena desterrada de toda posibilidad de felicidad. Sí, suena exagerado, pero a lo mejor algo de esto te resulta familiar.
Después de muchas meditaciones ante el Señor le pides que, ya que no puede apartar de ti ese cáliz, que al menos te dé fuerzas para sostenerlo y, si es necesario, beberlo. Pero, unos días después, te vuelven a flaquear las fuerzas y de nuevo al hoyo.
En los últimos tiempos he aprendido a decir aquello de «te ofrezco este sinsentido», y callar. Sin peticiones, sin condiciones. «Te ofrezco, Señor, esto que no entiendo, esto que no sé qué hacer con ello, esto que está tan enmarañado que no deja que la vida se abra paso». Y lo deposito en sus manos. Con libertad, con desapego, con esperanza, confiando en que el Padre hará de ello fuente de luz y salvación.
En mi WhatsApp tengo esta frase de San Ireneo de Lyon: «Lo que no es asumido, no puede ser salvado». Al leerla me recuerda que, si no se acepta pasar por lo que sea que haya que pasar, no hay salvación. No hay cruz sin resurrección. No hay Mesías sin Encarnación. No hay Dios sin promesa de liberación. Así que, hágase, Señor, según Tu Palabra.



