Hay algo profundamente hermoso en los faros, levantados frente a la inmensidad del mar, resisten las tormentas, desafían la oscuridad y permanecen despiertos cuando todo parece dormido. No detienen las olas ni obligan a los barcos a seguir una ruta determinada, simplemente iluminan. Un faro no existe para demostrar cuán oscura es la noche, sino para recordar que incluso en la oscuridad existe una posibilidad de llegar a puerto.

Así debería ser nuestra fe, tendría que ser esa luz discreta que acompaña, que orienta sin humillar, que advierte sin condenar y que permanece encendida incluso cuando alguien ha perdido el rumbo. Sin embargo, hay quienes confunden su misión y en lugar de iluminar el camino, utilizan su luz para registrar cada error ajeno, cada tropiezo, cada sombra. Se convierten en vigilantes de la oscuridad, convencidos de que su santidad consiste en descubrir la maldad en todo, incluso donde solamente existe una herida, una diferencia o una persona intentando aprender a vivir.

Y así, poco a poco, la fe deja de ser faro y se convierte en reflector de acusaciones. Ya no conduce hacia Dios sino que apunta hacia los demás, olvidando que una luz demasiado obsesionada con encontrar sombras termina proyectándolas por todas partes. Pero Cristo no nos llamó a convertirnos en inspectores de la oscuridad humana, sino en testigos de una luz capaz de rescatarla. Quizás la verdadera madurez espiritual no consista en descubrir cuánto mal existe en el mundo, sino en aprender a reconocer dónde hace falta un poco más de amor. Al fin y al cabo, la luz que viene de Dios no existe para humillar a quien camina en la oscuridad, sino para ayudarlo a encontrar un camino a puerto seguro.

PastoralSJ
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