Es difícil calcular el amor, pues no podemos colocar en porcentaje o en unidad de medida el mismo. Y nos encontramos tras un hecho inefable y trascendental que implica llevar el amor al extremo: nuestras madres.
A pesar del agotamiento, la soledad y la incertidumbre que se puede llegar a sentir, una madre está dispuesta a dar la vida por su hijo. Evidentemente no todas responden al impulso de protección y entrega, pero sin lugar a dudas, la mayoría deja su piel por el bienestar y la felicidad de sus hijos. Y acá justamente entramos en conflicto en torno a la medida del amor. Si apostamos por encontrar un porcentaje, nos toparíamos directamente con una báscula rota. Es inmedible la entrega generosa que apuesta inclusive en medio de las más terribles acciones cometidas por sus hijos.
Aferrados a estas acciones de entrega generosa y desinteresada, nos hemos podido encontrar de frente con el amor de Dios. Gracias a nuestras madres, podemos palpar el encanto y la apuesta que implica amar verdaderamente. Esto no implica que podamos ver reflejado el amor en otras personas, sin embargo, resaltar la figura de nuestras madres a propósito de su mes, nos permite ser activos y contemplar la belleza de su apuesta generosa en nuestras vidas.
Es esta misma medida la que encontramos en la relación personal de Dios con nosotros. El amor que Él tiene por el ser humano quiebra toda medida y rompe todos los patrones. Y ante toda penumbra o acción que desencaje nuestra humanidad, su apuesta y perdón atraviesa inmediblemente nuestra existencia.
Por tanto, demos gracias por la vida de todas las madres; la de Dios; la tuya; la mía. A ella que se entregó y dedicó su vida a mostrar el reflejo de Dios vivo y latente.



