Recuerdo que mi profesor de religión solía repetir una frase que se me quedó grabada: «La tentación se evita, no se afronta». Con ella nos recordaba nuestras limitaciones y la fragilidad humana, invitándonos a reconocer que, cuando jugamos demasiado cerca del límite, es fácil acabar cayendo. Creo que tiene razón en casi todo. Salvo, quizá, en el voluntariado. Porque hay tentaciones que, lejos de huirse, necesitan ser miradas de frente. El voluntariado, precisamente por ser algo bueno, no está libre de ellas. Al contrario, puede convertirse en un espacio privilegiado donde el discernimiento se vuelve necesario.
Una de las tentaciones más sutiles es vivir el voluntariado como una actividad más dentro de la agenda y no como una actitud que atraviesa la vida entera. Dos horas a la semana puedo ser disponible, alegre, entregada y generosa. Pero el resto del tiempo, en la vida cotidiana, me cuesta ponerme al servicio de quienes tengo más cerca. Busco excusas, me aferro a lo que ya he hecho para no implicarme ahora, o prefiero tener razón antes que abrir un diálogo. El mal espíritu susurra entonces una trampa: si no lo haces en casa, ¿para qué hacerlo fuera? No para invitarme a crecer, sino para empujarme a abandonar incluso aquello que sí estoy haciendo bien.
Otra tentación aparece cuando el voluntariado se convierte en un escaparate. Cuando, casi sin darme cuenta, busco reconocimiento, aprobación, una imagen de “buena persona” ante los demás. Me descubro hablando de lo que hago, esperando una mirada que confirme que valgo, y olvido que el verdadero sentido del servicio no está en ser visto, sino en actuar desde lo escondido, allí donde solo Dios mira.
Reconocer estas tentaciones no es fácil. Cuesta sospechar de algo que, en sí mismo, es tan bueno. Pero quizá el primer paso sea atrevernos a mirar con honestidad. No para juzgarnos ni para desanimarnos, sino para cuidar la raíz desde la que servimos. Porque incluso en lo más luminoso pueden colarse sombras que solo se disipan cuando las ponemos ante Dios y dejamos que Él ordene el corazón.



