A orillas de un lago al amanecer, un hombre no se atrevía a levantar la mirada. Había fallado, había negado, había huido cuando más debía amar. El peso de su propia fragilidad lo mantenía en silencio. Y, sin embargo, allí estaba Cristo, de pie, vivo, encendiendo un fuego y preparando pan. No hubo reproches, solo una pregunta que sanaba: “¿Me amas?”. Ese hombre era Simón Pedro, y en ese instante comprendió que el amor de Dios no se detiene ante el pecado, sino que lo atraviesa para redimirlo.“Los pecadores hallarán en mi Corazón la fuente y el océano infinito de la misericordia.”
La Pascua es ese amanecer perpetuo donde Cristo resucitado sale al encuentro de nuestras negaciones, no para humillarnos, sino para restaurarnos. Sus llagas gloriosas no son memoria de fracaso, sino manantiales abiertos donde el amor se vuelve más fuerte que toda culpa. En Él, el pecado no tiene la última palabra, sino su misericordia.
En los Ejercicios Espirituales, San Ignacio de Loyola nos enseña a quedarnos en esa escena, a contemplar sin prisa, a dejarnos mirar por Cristo hasta que el alma, tocada por su ternura, se rinda. Porque solo quien se sabe infinitamente perdonado puede amar sin medida. La Pascua no es solo la victoria de Cristo sobre la muerte, es su victoria en nosotros. Es el momento en que dejamos de huir de nuestras heridas y permitimos que su Corazón las habite. Allí, en lo más roto, brota una fuente. Allí, en lo más oscuro, se abre un océano.
Hoy, el Resucitado te espera en la orilla de tu historia. No con exigencias, sino con fuego encendido y pan compartido. Y en el silencio de tu corazón, vuelve a preguntarte: “¿Me amas?” porque en tu respuesta comienza tu resurrección.
