Hay palabras que usamos a diario y que parecen evidentes, pero que, miradas desde el Evangelio, adquieren un sentido nuevo. Hay veces que el lenguaje de los hombres y el lenguaje de Dios nos ofrecen dos maneras muy distintas de mirar la realidad. Libertad y éxito son dos ejemplos claros que nos invitan a pararnos, revisar y elegir desde qué mirada queremos vivir.

En nuestro lenguaje, la libertad suele entenderse como la posibilidad de hacer lo que queramos, sin ataduras ni límites, siempre que no invadamos la libertad del otro. Es la autonomía absoluta, la capacidad de elegir sin condicionamientos. Sin embargo, en el lenguaje de Dios, la libertad no es tanto ausencia de límites como capacidad de elegir el bien, de responder a su llamada y de orientar la vida hacia aquello que nos humaniza y nos acerca a Él. Es una libertad que se ejerce en la decisión cotidiana de seguir su camino, incluso cuando no es el más fácil.

Algo parecido ocurre con el éxito. Para nosotros, suele medirse en términos de reconocimiento, poder o acumulación: ser alguien a los ojos de los demás, destacar, tener más que otros. El éxito, en clave evangélica, se sitúa en otro lugar. Tiene que ver con vivir conforme a la Palabra, con amar sin medida, con darse al prójimo, incluso cuando ese camino conduce a la cruz. Es un éxito que no siempre se aplaude, pero que transforma profundamente.

Tal vez estemos llamados a detenernos y a mirar nuestra vida desde este otro lenguaje. ¿Qué cambiaría en nuestro día a día si comenzáramos a leer la realidad con los ojos de Dios y no solo con los criterios del mundo? ¿Qué decisiones tomaríamos? ¿Qué prioridades se reordenarían?

Atrevámonos a mirar la vida desde otro lugar, a dejarnos enseñar por el lenguaje de Dios y no solo por el que el mundo nos ofrece. No es un camino de éxitos rápidos ni de respuestas fáciles, pero sí un camino que abre la puerta a una libertad más honda y a una vida con más sentido.

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