Quizá sea porque este año voy a un ritmo más tranquilo, pero este curso tengo la sensación de que todo avanza más rápido de lo habitual.

El primer día de septiembre, todavía con calor, comenzaron a aparecerme anuncios navideños en las redes sociales. Bajo el pretexto de ayudarnos a superar la depresión posvacacional, escondían un objetivo puramente consumista.

Esta semana, cuando las temperaturas han empezado a bajar, muchas de nuestras ciudades ya han colocado sus luces navideñas. ¡No sea que, con las elecciones, nos pille el toro!

Pero, al mirar el calendario, uno descubre la trampa. Por mucho que pretendamos correr, adelantar las fechas u ocultar el tiempo cotidiano de la vida, las cosas llegan cuando tienen que llegar, y no cuando nosotros queremos que lleguen.

Unos años nos parecerá que todo ha pasado mucho más rápido; otros, que ha transcurrido lentísimamente. A veces, el tiempo estará en sintonía con lo que estamos viviendo; otras, se nos hará más amargo. Pero no podemos controlarlo ni enseñorearnos de él, porque el tiempo pertenece a Dios. Nosotros solo podemos vivirlo.

Por eso, quizá merezca la pena darnos cuenta de que apenas estamos a mitad de octubre. No para pensar en lo larga que se nos va a hacer la espera hasta Navidad, sino para disfrutar del tiempo que Dios nos regala hoy, dando fruto como Él espera de nosotros.

PastoralSJ
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