Bien sea tras la calentura por un partido del equipo de tus amores o tras vivir el más frío de los encuentros, siempre llega el día después. Y con él, uno de los desafíos más importantes del creyente: asumir la resaca espiritual que supone el choque de las expectativas con la realidad y, sobre todo, una cotidianidad que sigue su curso, haciendo de esa invitación ignaciana de “hacernos indiferentes” (EE 23); una lucha diaria.
El día después en nuestra vida tiene mucho de la Cuarta Semana de Ejercicios Espirituales, pues nos habla, recuerda y alienta sobre asumir la historia vivida no desde la resignación de un “toca porque toca”, sino desde la ilusión de vivir con aquello que me ha tocado y cómo desde allí seguir tocando la realidad que habito para “en todo amar y servir” (EE 233).
Suena fácil, repetitivo y hasta bonito. Es uno de los eslóganes más conocidos de nuestra espiritualidad, pero lo cierto es que se nos hace lejano y hasta cuesta arriba cuando nos abraza la tibieza en el alma. Aquella que nubla la mente, apaga el corazón y genera desazón en todo y, en ocasiones, hasta en todos.
La tibieza del alma esconde heridas dormidas, anestesiadas, convirtiéndolas en las más peligrosas, pues quedan guardadas en el corazón junto a perdones que se quedaron sin dar. Solo cuando decidimos ahondar en el corazón descubrimos que allí también se encuentran tantos perdones recibidos y la intuición, que a veces ni nosotros mismos logramos entender, de que solo sanamos amando. Esta locura de amor nos conduce a una locura mayor. Reconocer que nuestro corazón permanece en un Corazón más grande, el de Jesús. Aquel que nos promete que las almas tibias se harán fervorosas. Por siempre y para siempre, incluyendo el día después.
Confiemos y sigamos amando.
