Hace unos meses, ni muchos ni pocos, descubrí el término “NPC”. Una etiqueta de apariencia peyorativa con que se señala a personas anodinas por parecerse a los denominados, en el argot de los videojuegos, personajes no jugables. Como si hubiese personas sin voluntad, completamente previsibles por su constante sumisión a la mayoría y al “esto siempre se ha hecho así”.


Dicho término me recuerda al “no-lugar”, acuñado por el etnólogo francés Marc Augé. Espacios urbanos sin elementos característicos, como la plaga de edificios, estaciones y estadios recubiertos de aluminio, o los centros comerciales que pintan igual en Lalín que en Pekín. Un concepto vago, pero cuya intención entendemos. Lugares sin identidad que impiden el desarrollo integral de quienes lo habitan. Porque sin rasgos propios ni una tradición compartida con otros, la vida de sus moradores está vacía de dignidad. Pues nadie añora un edificio de cristal y hierros, pero ¿a quién no ha empañado la morriña los ojos, en tierra extraña, viendo una imagen de “su catedral”?


Idéntica emoción nos deben provocar el ayuno y abstinencia que nos trae la Cuaresma. Ayuno, en Miércoles de Ceniza y Viernes Santo, y abstinencia aquellos días además del resto de viernes cuaresmales. Porque son penitencias que, sin más sacrificio que privarnos de algunos placeres, nos permiten acercarnos a Dios para demostrarle que lo recordamos, que nos sentimos sus hijos y que queremos estar cerca de Él. Con buen ánimo y dignidad, como nos enseñó Jesús, y con la intención de recordarnos voluntariamente cómo nos sostiene su Amor cuando nuestras fuerzas flaquean.

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