Cuando vemos las noticias del accidente de tren, es fácil que emerja un sentimiento de indignación más allá del dolor: la segunda gran tragedia ferroviaria en un año, el descaro y la soberbia de algunos políticos y su irresponsabilidad manifiesta, una cierta sensación de desamparo y la percepción inquietante de que el país retrocede en ciertos aspectos. Esto puede ser discutible, pero también está en el runrún de mucha gente, y azuzado si cabe por este tiempo electoral.
Sin embargo, esto no debe empañar que al otro lado del dolor hay un pueblo dolido que sabe estar a la altura. Está la respuesta del funcionario que se desespera por hacer bien su trabajo; la de los vecinos, bomberos, policías, sanitarios, militares, párrocos y voluntarios que se meten entre los trenes para rescatar a las víctimas contrarreloj; jóvenes que van a donar sangre y feligreses que rezan por aquellos que se fueron antes de tiempo o que aún pelean en el hospital.
Nadie quiere estas tragedias, pero en el dolor de un país también se deja entrever su humanidad más plena; esto no lo podemos olvidar. Ojalá que cuando nos indignemos, con toda la razón, no dejemos de pensar que afortunadamente hay mucha gente que sí sabe estar a la altura y que desde el silencio lucha a contracorriente por construir una sociedad mejor.
Estos son los que ayudan a salvar la historia entre tanto dolor.
