Parece mentira, pero esto de conocerse y aceptarse se ha puesto difícil. ¡No digamos a los demás y a los diferentes! Por lo que sea, nuestras sociedades después de la modernidad han dado un giro mortal clausurando a la persona en sí misma. El individualismo autonomista, junto al hastío por la vida en las ciudades del anonimato continuo, conducen a la indiferencia, cuando no al rechazo y a la molestia de estar con otros más.

Desde hace un tiempo, la Iglesia sufre con esto. Francisco, dejándose orientar y sabiendo leer e iluminar los signos de los tiempos, se da cuenta de que el cristianismo no puede vivir, ni crecer en un entorno así. Si la cultura es como la tierra en la que se plantan la semillas y tendrá que surgir y vivir el cristiano, esta situación hace irrespirable el aire y novedad del Espíritu y se opone diametralmente a la Nueva Alianza: amar al prójimo como Dios nos ama. Entre cristianos, todo es relación. Aquí, en este mundo, todo parece dividido, enfrentado y autorreferencial. ¿Qué hacer entonces?

El magisterio de Francisco encuentra en la expresión “cultura del encuentro” (EG y FT) una propuesta acertadísima que encarna lo mejor de la DSI. Proximidad, cercanía, conocimiento y reconocimiento, diálogo auténtico. En el fondo, humanizar las relaciones endurecidas por los procesos de objetivación y uso, y devolver al ser humano la ocasión de ver con confianza el rostro del otro y mostrarse en su propia vulnerabilidad y deseo más hondo. Toda una propuesta encaminada a la reconciliación y la paz, nacida de las entrañas del Evangelio: amaos los unos a los otros. 

Descubre la serie La sabiduría de Francisco

Te puede interesar

PastoralSJ
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.