Cuando en la Plaza de Lima le preguntaron al papa León sobre la misión de la Iglesia para los jóvenes, éste no dudó: «sed humanos, hombres y mujeres de carne y hueso ». Y esta humanidad ha sido una constante en sus discursos y homilías desde que llegó a España, lo que nos hace cuestionarnos el estado de un mundo donde reivindicar el ser se hace necesario.
Esta crisis se hace patente en muchos ámbitos. Por ejemplo, la ciencia, cuya vocación siempre fue la búsqueda de la verdad, flota hoy en el limbo del interés económico y político. Sirve a la guerra quemando toda raíz con la humanidad.
O el arte, « espejo de vidas » en palabras de Antonio Banderas, corre el riesgo de reducirse a una reproducción instantánea por la IA, que roba su alma. Mas, durante toda la Historia, el arte ha sido el medio de plasmar la complejidad del alma.
Y el diálogo político, instrumento de democracia, está pervertido por la ideología que no permite traducir la contradicción en más que humillación. Así, nuestras democracias están parasitadas por intereses personales y oscuros.
¿En qué estamos fallando? Quizás estos ámbitos han perdido su fundamento principal, que es el servicio a la humanidad. Por esto mismo, el papa León XIV nos exhorta a ser extremadamente humanos, buscando incansablemente la verdad. No una verdad fría, sino encarnada en una humanidad magnífica. Si tenemos dudas, « sed como Jesús, el hombre perfecto », que predicaba la Verdad con sus obras y frente a intereses deshumanizantes. Y en el centro de su mensaje estaban Dios y el Otro.
La fe de los cristianos en Él debe llevarnos a esto mismo, sin olvidar que « el Cristo que se pasea por las calles es el mismo que se identifica con los pobres ». Quizá, con este principio de verdad podemos devolver la grandeza de ser humanos hasta el extremo.



