Miércoles, 12 de febrero de 1975, de Ceniza. Doscientos treinta y seis jesuitas, provenientes de todo el mundo, siguen reunidos en Roma. Constituyen la máxima autoridad de la Compañía de Jesús, una Congregación General. Es solo la ocasión número 32 en que se convoca una asamblea así. Han pasado diez años desde el Concilio Vaticano II, en el que la Iglesia se comprometió a abrazar más decididamente los gozos y esperanzas, las tristezas y fatigas de nuestro mundo.
Los jesuitas rezan, dialogan y discuten. Uno de los equipos acaba de presentar el tercer borrador de un texto llamado a hacer historia. Aun faltan muchas conversaciones para que se convierta en el cuarto documento aprobado (el Decreto 4), titulado Nuestra misión hoy: servicio de la fe y promoción de la justicia. Sobre la mesa, están preguntas de mucho calado: ¿ser cristiano es cambiar el corazón o transformar el mundo? ¿seguir normas morales u obedecer a la conciencia? ¿tener una identidad fuerte o dialogar con todos?
Miércoles, 18 de febrero de 2026, de Ceniza. Me detengo ante el Señor. Las preguntas siguen siendo las mismas. Freno la urgencia de cerrarlas en falso. Los extremos de cada una de ellas son buenos, pero nunca acabamos de vivirlos juntos del todo. El ideal es integrarlos, la realidad es que nos escoramos hacia alguno de ellos. ¿Hacia cuáles me escoro yo?
En mi respuesta está mi ayuno, limosna y oración para esta Cuaresma. Si lo mío es la oración, tal vez sea tiempo de implicarme más. Y viceversa. Si lo mío es querer tener certezas sobre cómo actuar, tal vez sea tiempo de escuchar la libertad del Espíritu. Y viceversa. Si lo mío es hablar solo con los míos, tal vez sea tiempo de salida. Y viceversa.
Viernes, 2 de mayo de 1975. La Santa Sede confirma los documentos de la Congregación General 32, entre ellos, el Decreto 4. En esa ocasión, conseguimos una buena síntesis entre fe y justicia, discernir y obedecer, ser y dialogar. ¿Lo intentaremos también hoy?



