Los Evangelios transmiten la historia de Jesús, pero una historia que ha desvelado su sentido. Porque la historia es siempre la narración de hechos interpretados. Esto es así en todos los libros de historia y también en los periódicos que leemos cada mañana. Y no puede ser de otro modo.
Así ocurre también en los Evangelios. No solo por esto, pero también por esto, tenemos cuatro evangelios canónicos. Son cuatro formas distintas de decirnos quién es Jesús, aunque todas ellas coincidan en lo fundamental y cada una de ellas sea un correcto testimonio de nuestra fe. Los Evangelios nos relatan los hechos de la vida de Jesús interpretados a la luz del misterio de su persona y de su misión y también a la luz de las experiencias espirituales de las comunidades primitivas y de sus circunstancias. Por eso no todos los relatos evangélicos narran los hechos sucedidos de modo idéntico. Viene esto a cuento del bautismo de Jesús porque este episodio, sin duda histórico, está interpretado de manera distinta por cada uno de los evangelistas.
El evangelista Marcos (1,2-11), el más antiguo, nos presenta a Jesús llegando desde Nazaret para ser bautizado por Juan en un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. Este hecho supuso dos problemas para la Iglesia primitiva: ¿Jesús es inferior a Juan?, pues el hecho de que el Bautista bautice a Jesús le convierte en su maestro, y segundo, ¿Cómo Jesús pudo ponerse a la cola con los pecadores si Jesús fue probado en todo como nosotros menos en el pecado (cf. Hebr. 4,15)?
En el evangelio de Mateo (3,13-17) encontramos un diálogo entre Juan y Jesús que responde a estos dos problemas: Juan es inferior a Jesús y además es Juan el que necesita ser bautizado. Lucas (3,21-22) soluciona estas dos cuestiones de otro modo: Jesús es bautizado, pero no se dice por quién. Finalmente, en el evangelio de Juan (1,19-34) Jesús no es bautizado por nadie. Al contrario, en lugar de bautizar a Jesús, el Bautista da testimonio de que Jesús es el Hijo de Dios, a quien no es digno de desatar la correa de su sandalia, y anuncia la misión de Jesús consistente no solo en bautizar con agua, sino con Espíritu Santo, es decir, que el Bautista considera a Jesús superior a sí mismo.
Aparte de estas interpretaciones particulares de cada uno de los cuatro evangelistas, dos son los puntos principales en la narración del bautismo de Jesús, en los que coinciden los cuatro evangelios. Primero Jesús toma conciencia de su misión. A partir de ese momento Jesús comienza su vida pública para llevar a cabo el encargo que el Padre le ha encomendado. Esto queda expresado en el hecho que se abran los cielos y la voz de Dios proclame para Jesús, en Marcos y Lucas, y para todos los asistentes, en Mateo, que Jesús es el Hijo amado de Dios y en el testimonio del Bautista en Juan.
Por otra parte, la humanidad de Jesús, su carne, es ungida por el Espíritu Santo para hacerla capaz de desarrollar su misión. Jesús es el Hijo de Dios, pero su carne, como la nuestra, es débil y, por eso, necesita que la fuerza del Espíritu de Dios se pose sobre Él para fortalecerlo en cuanto hombre, a fin de que pueda cumplir la misión para la que su Padre Dios le ha enviado al mundo. Esto queda expresado en el hecho de que el Espíritu Santo se pose sobre Jesús para acompañar su humanidad durante toda su vida terrena.



