Aunque nadie nace eligiendo sus propias inclinaciones, me he lamentado muchas veces de una cierta tendencia mía a ver el vaso medio vacío. Al mismo tiempo, siento una alegría íntima en aquellos momentos —siempre me han parecido pocos— en que me sorprendo juzgando el vaso a medio llenar. Pero pasan los años y noto que ambas miradas me dejan insatisfecho. Lo que de verdad deseo es contemplar el vaso a la luz de Dios y dejar de mirarme a mí mismo a la luz del vaso. Al fin y al cabo, el pesimismo y el optimismo no son más que dos formas de arrogancia en las que el futuro deja de ser un paraje abierto e insospechado para convertirse en una proyección clausurada y sombría de nuestro propio orgullo.
El optimista y el pesimista creen haber encontrado ya todo lo que hay y puede haber: un vaso medio lleno o medio vacío, lo mismo da. El cristiano sabe que no lo tiene todo: espera que pueda haber siempre algo más y que en ese algo se haga presente el Eterno. Siempre caben más gloria y más desgracia para quien cree, porque lo que la fe espera no es una circunstancia distinta, sino al Señor en toda circunstancia, a Aquel que está cerca tanto de los bienaventurados como de los atribulados.
Por eso hay que buscar el mañana sin pretender encontrarlo todo, para para poder hallar en lo que venga al que está en todo y lo es todo. Quedarse a un paso, dejar la puerta entreabierta, vivir en el «casi» y el «quizá» son, probablemente, las formas más altas de la esperanza. Con la mirada fija y el corazón volcado en la gracia siempre por venir del que siempre vino y siempre vendrá: «Hay que buscar con la esperanza / de no encontrarlo todo. / Hay siempre que pararse a dos jornadas / de la felicidad. / Hay que tender al infinito. / Estar a punto de llegar / pero no llegar nunca. / Eso es la plenitud. Eso es la vida» (Aquilino Duque).



