Vivimos en tiempo de cambios. Quizá todo tiempo lo es. Pero nuestra época ha acentuado mucho la velocidad y las transformaciones son profundas. Sobre todo, se ha visto afectado el estilo de vida con su opción personal y el tejido social con sus relaciones. Y es aquí donde Francisco hizo una llamada singular a la unidad y a la comunión.
Sin duda, alguien puede pensar en una unidad monolítica y cerrada. Dada la incertidumbre, hacer acopio de fuerzas, víveres y sustento, y retirarnos a recintos protegidos y seguros creando espacios donde se note lo menos posible lo que está ocurriendo. Sin embargo, Francisco optó por una vida solidaria y en compañía. Detrás de sus reiteradas llamadas a “caminar juntos” descubrimos tres acentos particulares.
Primero, la Iglesia que se hace sacramento de unidad tanto cuanto es hospital de campaña, lugar de acogida, ámbito de misericordia y perdón. Nadie, en este camino y peregrinaje, puede quedarse fuera ni atrás. La comunión se experimenta por tanto en la experiencia misionera y en la salida hacia el otro.
Segundo, contemplando vivamente al Señor Jesús en el evangelio, se refleja así el servicio al que hemos sido convocados y nos identificamos más plenamente con Cristo. Él, que cura heridas y lava los pies a los suyos, es también el que se hace presente Resucitado en el camino de Emaús, que culmina en la Fracción del Pan, allí donde los discípulos reconocen y comprenden lo que les ha pasado en el corazón y ha acontecido en el mundo.
Y tercero, es un impulso nuevo del Espíritu. La Iglesia genera vida nueva allí donde también las relaciones se sanan y se profundiza en la sinodalidad, allí donde el movimiento del corazón nos empuja a más y mejor “amar y servir”. Y esto hoy, dada la complejidad de lo real, solo cabe vivirlo, celebrarlo y esperar que se cumpla juntos.



