Como mucha gente, tengo la costumbre de comenzar las jornadas con las noticias. Casi siempre dudo que sea una buena idea y casi todos los días, al final del desayuno, me digo que voy a desconectar, que voy a dejar de informarme, que no quiero saber más de guerras, hambrunas, corrupción, injusticias, crisis. La radio, la televisión e internet nos bombardean con “últimas horas” y “urgentes” casi siempre catastróficos. Nos venden miedo, inseguridad y tragedia, haciendo que a veces perdamos de vista nuestra suerte, nuestros privilegios, nuestras satisfacciones y nuestra capacidades.

Las noticias buenas en los medios son pocas y pasan ciertamente desapercibidas. Conocí hasta un periódico universitario que pretendía publicar solamente informaciones positivas y terminó echando el cierre antes de cumplir un año académico. Pero las cosas buenas suceden a diario, en nuestra rutina y en el contexto global. Y creo que, en tiempos de redes sociales, somos responsables de su divulgación. Pero no sólo. Pienso también que debemos concedernos el derecho al análisis y a la interiorización, al saber y gustar de las buenas noticias, porque las hay.

Todos recordamos el secuestro de 200 menores en Nigeria en 2014. Famosos y corrientes participamos en la campaña #bringbackourgilrs. Pero no todos hemos oído hablar del reciente rescate de 82 de ellas en Nigeria la semana pasada, y muchos menos nos hemos parado a degustar la información. Porque esta liberación no sólo es una buena noticia a llevar a todos los rincones, sino a ser saboreada. Creo que el mundo se merece estar al corriente del gozo de esos reencuentros, de la esperanza ahora recompensada que mantuvo a esas madres a la espera; de la inenarrable alegría de esas hijas al abrazarlas de nuevo; de las familias que se reconstruyen; de las vidas que siguen y las que recomienzan.

Creo que muchas mañanas deberíamos regalarnos empezar el día con el escalofrío de las informaciones positivas, que son ejemplo, motivación e inspiración. Cuando las encontremos en los medios, deberíamos compartirlas. Y cuando no, crearlas.

(*Nota del equipo: la misma mañana que aparece este artículo nos despertamos con la noticia de un atentado brutal en Manchester. Y de nuevo brota el eterno contraste entre malas y buenas noticias. Muchos pueden pensar, ¿es pertinente hoy la reflexión de Elisa? Y decidimos que tiene más sentido que nunca mantenerla, y no resignarnos al escepticismo)

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