No le descubro América a nadie al acusar el carácter distraído del hombre contemporáneo. A menudo estamos ensimismados y abusamos de las redes sociales como chivo expiatorio de la atención. De hecho, Quevedo hablaría de un hombre a un móvil pegado si viese el metro. Sin embargo, en todas las épocas ha habido ciegos, de esos que no quieren ver más allá de sus narices. Y echar la culpa únicamente a la tecnología perversa es injusto, porque siempre hemos sido tan codiciosos con la atención que nos cuesta prestarla a los demás.
El principio del cambio podría ser alzar la mirada al frente. Sacarla de mí para descubrir los detalles que envuelven al otro. Ese donaire con el que baila, el bolso rojo que exhibe o ese no-sé-qué que tan extraño resulta. Y pronto uno ve que esas pequeñeces son invitaciones que hay que aceptar para que la mirada no se quede en la superficie.
Mirar a la cara al otro puede ser el siguiente paso. El filósofo Emmanuel Lévinas (1906-1995) construyó una filosofía del rostro ajeno, cuya experiencia trae consigo una provocación ética. El no-matarás del Talmud está inscrito en el rostro del prójimo y su mirada nos insta a hacer todo lo posible por mantener su vitalidad. Olvidar este hecho puede llevar a la barbarie de la Shoah, pero aceptarlo al alzar la mirada es aceptar una responsabilidad que va mucho más allá de la consolación cuando el mal sobreviene al resto. Y al igual que compartimos el sufrimiento, se propaga la alegría cuando el rostro del otro nos interpela.
Definitivamente, vivimos distraídos de lo esencial, pero una mirada es el comienzo para poder dejar atrás el ruido y tender puentes hacia los demás. Necesitamos unos ojos compasivos, humanos y dignificadores que vean personas y no simple atrezo para atender lo bello de un mundo herido.



